¿Dónde estás poniendo tu energía?

¿Dónde estás poniendo tu energía?

No todo lo que te preocupa está en tus manos. Pero puedes elegir dónde poner tus esfuerzos.

En un post anterior hablábamos de la importancia de cuidarnos y recuperar nuestra energía. Pero hay otra cuestión que merece la pena mirar: ¿en qué la estamos gastando?

Porque no solo nos agota lo que hacemos. A veces también nos desgasta, y mucho, todo aquello a lo que seguimos dando vueltas sin encontrar una salida.

Piensa, por ejemplo, en esa reunión que sigues repasando mentalmente horas después de que haya terminado. O en ese correo que tienes pendiente de contestar y que no consigues quitarte de la cabeza. Quizá sea una decisión de tu jefe que no compartes y a la que sigues dando vueltas camino de casa.

Son situaciones que nos resultan familiares. Y lo curioso es que, aunque ya no estemos trabajando, seguimos dedicándoles tiempo, atención y energía. A veces llegamos al final del día agotados, no tanto por lo que hemos hecho, sino por todo lo que hemos seguido pensando.

A mí también me pasa. Y, por lo que escucho en mi trabajo con directivos y equipos, no soy el único.

Una idea con casi dos mil años

Esta preocupación por aquello que podemos y no podemos controlar no es nueva. Hace casi dos mil años, Epicteto, un filósofo que había vivido como esclavo en Roma, ya reflexionaba sobre ello.

Sus enseñanzas fueron recogidas por Arriano, uno de sus discípulos, en una pequeña obra conocida como Enquiridión o Manual. Y comienza con una idea tan sencilla como difícil de llevar a la práctica:

«De las cosas, unas dependen de nosotros y otras no. Dependen de nosotros la opinión, el deseo, la aversión y, en una palabra, cuanto es obra nuestra. No dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuanto no es obra nuestra.» Enquiridión, I

Fíjate en esa segunda lista. Nuestra salud, el dinero, lo que los demás piensan de nosotros, el puesto que ocupamos… Son asuntos importantes, que nos afectan y que, en ocasiones, nos preocupan mucho.

Y, sin embargo, por mucho que nos esforcemos, no siempre podemos decidir cómo van a salir las cosas. Podemos cuidarnos y aun así enfermar. Podemos hacer bien nuestro trabajo y encontrarnos con una reorganización que no esperábamos.

Eso no significa que lo que hagamos no importe. Significa que hacer todo lo que está en nuestras manos no nos garantiza controlar el resultado.

Leído así, parece bastante evidente. Lo difícil es acordarse de ello un martes cualquiera, a las once de la mañana, cuando tienes tres problemas encima de la mesa y todo parece urgente.

Los dos círculos

Muchos siglos después, Stephen Covey recuperó esta distinción entre lo que nos preocupa y aquello sobre lo que podemos actuar. En su libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva (1989), propuso una herramienta muy sencilla que nos ayuda a verlo con claridad: los círculos de preocupación e influencia.

Imagina dos círculos, uno dentro del otro.

El más grande es el círculo de preocupación. En él están todas esas cosas que nos importan o nos inquietan: la situación económica, los cambios que puede haber en nuestra empresa, las decisiones de otras personas o incluso situaciones del pasado a las que seguimos dando vueltas.

Son cuestiones que nos afectan, pero sobre las que no siempre tenemos capacidad de actuar.

Dentro encontramos el círculo de influencia: aquello sobre lo que sí podemos hacer algo.

Nuestras decisiones, nuestras acciones, las conversaciones que decidimos tener, la manera en que respondemos ante una situación difícil…

No siempre podemos cambiar lo que ocurre, pero muchas veces tenemos más posibilidades de influir de las que pensamos.

Y aquí viene, para mí, lo más interesante del modelo.

Cuando dedicamos buena parte de nuestra energía a quejarnos, a esperar que los demás cambien o a darle vueltas a situaciones que no podemos modificar, terminamos agotándonos sin conseguir demasiado.

En cambio, cuando nos centramos en lo que sí podemos hacer, las cosas pueden empezar a cambiar. Una conversación pendiente, una propuesta, una decisión que llevamos tiempo aplazando… A veces son pequeños pasos, pero nos ayudan a recuperar la sensación de que podemos hacer algo.

Lo he visto muchas veces trabajando con directivos y equipos. No siempre conseguimos cambiar las circunstancias, pero actuar sobre aquello en lo que podemos influir nos permite avanzar y, en ocasiones, ampliar nuestro margen de acción.

La influencia se gana actuando, casi nunca esperando.

Lo que ocurre y cómo lo interpretamos

Epicteto nos dejó otra reflexión que merece la pena recuperar:

«No son las cosas las que turban a los hombres, sino las opiniones que se forman de las cosas». Enquiridión, V.

Esta idea también ha tenido una influencia importante en la psicología. Albert Ellis, uno de los impulsores de la terapia cognitiva, recuperó las reflexiones de Epicteto para explicar cómo nuestra manera de interpretar lo que nos sucede puede influir en lo que sentimos.

Y es que, ante una misma situación, dos personas pueden reaccionar de manera muy diferente. No solo importa lo que ocurre, también influyen nuestras experiencias, expectativas y la forma en que entendemos lo que está pasando.

Esto no significa que lo que nos ocurre no sea importante o que no tengamos motivos para sentirnos mal. Hay situaciones que duelen, preocupan o generan incertidumbre, y es natural que nos afecten.

Lo interesante es descubrir que, aunque no siempre podamos cambiar lo que ha ocurrido ni elegir cómo nos sentimos, sí podemos aprender a mirar nuestras interpretaciones con cierta distancia.

A veces, cuando conseguimos hacerlo, aparecen otras maneras de entender la situación y también nuevas posibilidades de actuar.

Te propongo algo. Piensa en una situación que te esté preocupando estos días.

¿Qué sabes realmente de lo que ha ocurrido? ¿Qué estás suponiendo o dando por hecho?

Quizá otra persona, con la misma información, podría interpretar lo sucedido de otra manera.

No se trata de convencernos de que todo está bien, sino de preguntarnos si hay algo que todavía no estamos viendo.

Distinguir no es resignarse

Llegados a este punto, quizá te estés preguntando: «Entonces, ¿qué hago con las cosas que me preocupan, pero que no puedo controlar? ¿Dejo de prestarles atención?».

No, en absoluto.

Hay cosas que nos importan, aunque no podamos cambiarlas. Y es natural que nos preocupen. La cuestión es aprender a distinguir cuándo podemos hacer algo y cuándo seguir dándole vueltas solo consigue desgastarnos.

La psicología lleva décadas estudiando cómo afrontamos las situaciones difíciles. Richard Lazarus y Susan Folkman distinguieron dos grandes maneras de hacerlo: intentar resolver o cambiar el problema y aprender a gestionar las emociones que nos provoca.

Y aquí hay algo importante: no siempre necesitamos hacer lo mismo.

Cuando tenemos posibilidades de cambiar una situación, merece la pena actuar. Pero cuando no podemos modificarla, quizá lo que necesitamos es aprender a convivir con ella sin que termine ocupando toda nuestra energía.

Porque empeñarnos en cambiar lo que no está en nuestras manos puede agotarnos. Pero quedarnos de brazos cruzados ante algo que sí podemos mejorar también tiene un coste.

Piensa, por ejemplo, en una decisión de tu empresa con la que no estás de acuerdo. Quizá puedas expresar tu opinión, plantear alternativas o explicar cómo puede afectar a tu equipo.

Pero puede ocurrir que, después de hacerlo, la decisión siga adelante.

Aceptar esa realidad no significa que te parezca bien. Significa reconocer que has hecho lo que estaba en tus manos y que ahora necesitas decidir cómo seguir adelante, sin quedarte atrapado en algo que ya no puedes cambiar.

Tres pasos para esta semana

1. Distingue. Dedica unos minutos a escribir aquello que te está preocupando estos días. Sin darle demasiadas vueltas, simplemente anótalo.

Después, mira cada preocupación y pregúntate: ¿depende de mí?, ¿puedo hacer algo para influir?, ¿o está fuera de mi alcance?

Puede que descubras que estás dedicando mucha energía a situaciones que no puedes cambiar. O quizá encuentres posibilidades de actuar que hasta ahora no habías considerado.

2. Acepta. Hay situaciones que no podemos cambiar, por mucho que nos gustaría. Reconocerlo no siempre es fácil, especialmente cuando nos afectan de cerca.

Aceptar no significa estar de acuerdo ni dejar de sentir lo que sentimos. Podemos considerar injusta una decisión, sentirnos decepcionados o preocupados y, aun así, reconocer que seguir dándole vueltas no va a cambiar lo ocurrido.

A veces, cuidarnos también consiste en aprender a soltar aquello sobre lo que ya no podemos hacer nada.

3. Actúa. Elige una sola cosa que puedas hacer esta semana. Una. Pequeña y concreta.

Quizá sea mantener esa conversación que llevas tiempo aplazando, preguntar en lugar de dar algo por supuesto o aprender a decir que no cuando sea necesario.

Decide qué vas a hacer y cuándo. No hace falta que sea un gran cambio. A veces, un pequeño paso es suficiente para empezar a recuperar la sensación de que llevamos las riendas.

Y no te pongas cinco objetivos. Ya sabemos cómo suelen acabar esas semanas.

Para llevarte

No podemos evitar que haya situaciones que nos preocupen, ni conseguir que todo salga como nos gustaría. Y tampoco se trata de dejar de sentir o de mirar hacia otro lado.

Se trata de algo más sencillo de entender que de practicar: aprender a dedicar nuestra energía a aquello sobre lo que podemos hacer algo y no dejar que lo demás termine ocupándolo todo.

Quizá merezca la pena detenerte un momento y preguntarte:

¿Cuánta energía estoy dedicando a cosas que no puedo cambiar?

¿Qué podría hacer esta semana con aquello sobre lo que sí puedo influir?

Y si al hacer este ejercicio descubres que hay algo que te preocupa y no sabes muy bien cómo abordarlo, quizá merezca la pena hablarlo.

A veces, una buena conversación nos ayuda a ver posibilidades que no habíamos considerado.

Si te apetece compartirlo conmigo, puedes escribirme a pacobedmar@pacobedmar.com.